Os debemos una, y estos no fallan. Palabras de Pep Guardiola en mayo de 2010 tras la consecución del título liguero. Pese a la gran temporada realizada, el no poder asistir a la final del Bernabéu dejó cierta amargura.
Esas palabras pesaban ayer más que nunca por la gran carga emotiva que conllevaba la final. De no haber conquistado la cuarta Champions, podrían haberse convertido en una verdadera losa para el futuro. Pero en el momento en que los culés recordaron esa cita de su entrenador la duda dejó de ser una opción. Una ambición impecable, que no euforia, acabó con cualquier síntoma de victimismo. La confianza acudía de nuevo a la llamada.
Un ambiente espectacular presidía una final que, en cuanto a entretenimiento y fútbol, cumplió con las expectativas. Dejando de lado todo el simbolismo que rodeaba el choque, el fútbol al fin se erigió como gran protagonista. Dos estilos claramente definidos que habían llevado en volandas a sendos equipos al último peldaño antes de alcanzar el tan ansiado trofeo. Y sin embargo, a uno de ellos no le quedó otro remedio que arrodillarse ante el otro. Ni el más osado hubiera augurado tal diferencia entre ambos. Pero la hubo, el fútbol quiso premiar al Barcelona por su buen trato al balón, pero sobre todo, por su buen trato al espectador.
Porque el Manchester no fue el único que se arrodilló. Todo el planeta futbolístico se rindió ante el maravilloso juego de los de Guardiola ofreciendo sus mejores halagos. Porque si un Señor como Alex Ferguson reconoce que es la mayor paliza que ha sufrido como técnico es que algo increíble ha tenido lugar. Y tal vez sea ese término uno de los candidatos para definir el equipo actual del Barça. No solo por el palmarés, sino por la forma de conseguirlo. Algo que nuestras retinas cuidarán para que jamás nada pueda borrarlo. Simplemente irrepetible, porque los títulos te hacen entrar en la historia, pero la manera en que se consiguen te adueñan de la eternidad. Una eternidad que guarda su trono para el rey del fútbol que sigue dejando por donde pasa un legado increíble. Su leyenda le persigue, pero tardará mucho en alcanzarle. La eternidad deberá seguir reservando el lugar más alto para Leo Messi. Imposible que alguien pueda usurpar el trono más justo del planeta.
Pero no solo cabe remitirse a las maneras futbolísticas para ser recordado, porque si hay algo que merece permanecer en nuestra memoria tanto como la brillantez de su juego, es el grandísimo gesto que tuvo Carles Puyol en prestar su brazalete a Eric Abidal, además de acordarse de su compañero Miki Roqué. Porque la superación es una batalla sin fin, y ellos ya han conseguido vencerla. Y porque el símbolo y estandarte del equipo ceda el protagonismo en momentos en los que puedes ser el primero en probar las más dulces mieles del éxito es símbolo de grandeza. Una grandeza cuyo fútbol ha cautivado nuestros ojos, y que ha conquistado nuestro alma con gestos como ese.
La historia ya tiene un nuevo capítulo, pero falta mucho por escribir.
Aitor Soler
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